Reina blanca, indiferente, apática. Rodeada de su rey, sus torres y sus
caballos. Blanca de color de tedio, blanca de emociones. Pálida.
Comienza el juego y ella bosteza. Tendrá
que salir eventualmente y con la gracia
del que se sabe mover irá despertando. Ella levanta la mirada: lejano, inmutable, mirando el horizonte
está el rey negro.
Reina blanca está inquieta, mira de reojo a
su rey blanco, pero él mira distraído a una de sus torres.
La Reina se distrae, y busca entre las
piezas de nuevo al Rey Negro: Se miran. Reina Blanca se sonroja, todos creen que es
por orgullo, un pequeño peón valiente ha avanzado más de la cuenta, ella ni lo
ha visto.
Se
olvidan de su juego, de sus diferencias, de la rivalidad.
El
está tapado por su reina y la torre, pero ve que Reina Blanca se mueve, y por
un segundo la imagina libre, sus caderas en las manos, cabello al viento, llena
de colores.
Ella se detiene y mira hacia atrás, su rey la contempla irse aterrado, nadie lo cubre,
nadie lo aconseja. Reina Blanca intenta un gesto de disculpa vacío, porque no
lo siente. Con una mirada fría acomoda al caballo delante de su rey, ella no va
a volver atrás.
La sonrisa a mitad de
vuelo, nadie le va a perdonar la traición, el negro y el blanco no deberían
mezclarse.
Rey
negro se enroca con la torre y consigue escapar. Reina Negra lo observa con
ira, está arruinando la estrategia ancestral y necesaria de guardar las
apariencias.
La corte es un revuelo, ya todos saben lo
que pasa. Es inaudito, inadmisible y jamás visto, el protocolo, las reglas, la
moral y las buenas costumbres, en los pies de dos locos de atar, de los amantes
impúdicos.
Se miran nuevamente, madera de roble
latiendo por dentro, colores opuestos, con las manos atadas, sabiendo que es un juego y no. Se miran y se suplican piedad.
Rey Negro piensa: El imposible es la desgracia de un
encuentro que quiere pero no puede. Y sacrifica un alfil de duda.
Reina Blanca: El amor
se cura en lo imposible, pero sigue ardiendo en las pieles de los
imposibilitados. Elimina un caballo negro en un movimiento, lo tienta.
Se
acercan dos casillas y un horizontal de por medio y él le susurra: Las damas
primero, hasta para decir la verdad.
Ella sonríe y
pregunta: ¿Morirías por mí?, y tiembla el tablero.
Ambos lo saben. El error no les costará la
vida, pero sí un fragmento de cielo, la manía insensata de jugar por jugar, de perder
por la nada. Y ella se siente por primera vez reina en los ojos de él. Y él se siente joven, libre, infinito en su
sonrisa.
“Me muero si no te vuelvo a ver”, se
mienten al unísono con caricias se marchitan de no
ser, conjugadas en un tiempo diferente de anhelos.El tacto de tu piel, el
futuro que no tendremos, el orgullo de animal herido, nuestra canción. No me
mires, por favor, no me sonrías. ¿A tu lado estaré segura?, todas las piezas
miran hacia el suelo y silencio.
No
vengas, no me penetres, no me conquistes, no me obligues a mentirte que tenemos
un camino, un techo, una trinchera.
Reina blanca, marea abierta, mujer confiada. Pero no te voy a
mentir, es cuestión de tiempo. Demasiadas
preguntas sin responder, mi color reclama tu sangre.
Y cerraremos los ojos, cuando estés
sitiado, avanzaré lentamente con la sonrisa triste pero respondiendo a mi
esencia.
Jaque al que no es mi rey, pero yo adoro.
Silencio.
Tiembla mi corazón, no te quiero ver caer. Reina Blanca se acerca,
y él la borra del tablero. Atrás la torre y el alfil blancos, lo
esperan indignados.
Historia con fin, jaque
mate y abismo.